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Los luchadores profesionales utilizan estratagemas para poder ganar y perder fácilmente hasta 11 kilos entre la noche anterior al combate y la pelea. ¿Cómo lo hacen? El entrenador del campeón de la UFC, Georges St. Pierre, explica como lo consigue su pupilo.

Existe un misterio en torno a cómo los luchadores y boxeadores profesionales consiguen bajar y subir tan fácilmente de peso de un día a otro. El luchador baja de peso antes del pesaje para igualarse a otro contrincante y luego vuelve a adquirir su peso corriente, con mucha más potencia física, a la hora de pelear.

¿Cómo es posible que Georges St. Pierre, campeón de la UFC, pierda 11 kilos el viernes por la noche antes de su pelea con Jake Shields pero que las gane de nuevo para el sábado por la noche? Su entrenador, Firas Zahabi, lo explica.

“Ahora está en una dieta de proteínas y vegetales. Ahora su nivel de ejercicio se ha reducido, así que lo que va a perder es agua. Se trata de una pérdida temporal, pero no es real porque no va a perder grasa. Esta reducción dura unos seis días. El viernes le quedarán aún seis o siete libras y las perderá en la sauna. No recomiendo esto a ningún aficionado, solamente alguien muy preparado puede hacerlo”, explica.

“Después del peso del viernes, en el que la báscula leerá 77 kilos, le damos una bebida para que recupere carbohidratos y comerá y beberá de manera normal para rehidratarse. Así volverá a su peso de 88 kilos cuando llegue la hora de entrar a pelear”, afirma Zahabi.

Los kilos se van con el sudor

En la mayoría de deportes que no son de contacto no exige un peso mínimo para competir, pero el peso del deportista sí que se ve alterado tras concluir el esfuerzo debido a la pérdida de líquidos. Un jugador de baloncesto, por ejemplo, llega a perder entre 1,5 y 2 kilos por partido y en la Fórmula 1 se llegan a perder entre 3 y 4 kilos como mínimo en cada carrera.

Por poner un ejemplo significativo de este último aspecto, en una etapa exigente del Tour de Francia, carrera que se disputa en pleno mes de julio, los corredores llegan a perder entre 4 y 5 kilos trás recorrer entorno a 200 Km con varios puertos de montaña.

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El cohete fue estrellado en el interior del cráter Cabeus, ubicado en el Polo Sur de la Luna, la zona ensombrecida y una de las más frías del satélite natural terrestre. Tras el cohete se envió al cráter a la sonda, para analizar los restos de polvo y vapor que levantó al impactar.

Los resultados de los estudios sobre la concentración de hielo y materia en la superficie lunar se publican esta semana en la revista Science.

Además de confirmar que la Luna alberga agua en forma de cristales de hielo puro en algunos lugares, los científicos se han sorprendido por la riqueza de materiales útiles y porque el satélite terrestre es químicamente activo.

El grupo formado por Anthony Colaprete, científico de LCROSS, y sus colegas analizaron los datos de los espectrómetros de infrarrojo y ultravioleta/visible a bordo de la sonda que sugieren que fueron expulsados del cráter alrededor de 155 kilogramos de vapor de agua y hielo hacia el campo de visión del LCROSS.

En su estudio calculan que aproximadamente el 5,6 por ciento del total de la masa dentro del cráter de Cabeus (más o menos 2,9 por ciento) podría atribuirse sólo a hielo de agua.

Los investigadores también revelan la detección de otros compuestos volátiles en la columna de escombro durante los pocos segundos en que fue visible a la sonda espacial, incluyendo un número de hidrocarburos ligeros, dióxido de carbono, mercurio y pequeñas dosis de calcio y magnesio en forma gaseosa.

Estos hallazgos, son importantes para el estudio de futuras expediciones y una posible base del hombre en la Luna, ya que el descubrimiento de hielo de agua y otros recursos puede reducir la necesidad de transportarlos desde la Tierra.

Por otra parte, la detección de mercurio en el suelo en aproximadamente la misma abundancia que el agua detectada puede “presentar un desafío para la exploración humana” por su toxicidad, indicó Kurt Retherford, miembro del equipo de Lyman Alpha Mapping Project (LAMP).

El geólogo Peter Schultz y sus colegas de la Brown University, que siguieron las distintas etapas del impacto y la columna de escombro resultante, indican que el impacto del cohete creó un cráter de entre 25 y 30 metros.

Indican además que entre 4.000 y 6.000 kilos de escombro, polvo, y vapor fueron expulsados del oscuro cráter y hacia el campo de visión de la sonda que estaba iluminada por el sol, lo que ha permitido saber que el suelo y el subsuelo lunar es más complejo de lo que se creía.

La variedad de compuestos volátiles detectados da a los científicos pistas de dónde vienen y cómo llegaron a formarse los cráteres polares, muchos de los cuales no han visto la luz solar durante miles de millones de años y se encuentran entre los lugares más fríos en el sistema solar.

Los expertos han indicado que el suelo también contiene agua, y además ha albergado otros compuestos, como hidroxilo, monóxido de carbono, dióxido de carbono, amoníaco, sodio, y plata, lo que fue una sorpresa para los investigadores.

“Este lugar parece como el cofre del tesoro de los elementos que han sido distribuidos por toda la Luna” y, sin embargo, han estado ocultos “en las sombra” del cráter, dijo Schultz.

Los astronautas que participaron en las misiones Apolo de la NASA encontraron pequeñas cantidades de plata y partículas de oro, en el lado de la Luna más próximo a la Tierra.

Sin embargo, la concentración detectada no es tan grande como para poder extraer plata de ahí, pero muestra la diversidad del suelo lunar.

“La NASA ha confirmado convincentemente la presencia de hielo de agua, aunque su distribución es desigual en las regiones que están en sombra permanentemente”, dijo Michael Wargo, científico lunar del cuartel general de la NASA en Washington.

Wargo destacó que este proyecto es uno de los mayores pasos que ha dado la NASA “para comprender mejor” el sistema solar, “sus recursos y su origen, evolución y futuro”.

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En ocasión del Día Marítimo Mundial Internacional que se celebra hoy, 27 de septiembre, los oceanógrafos y ecólogos de Rusia y países del mundo convocaron una mesa redonda en RIA Novosti ( agencia rusa de información).

En primer lugar, los científicos y expertos reiteraron la tesis de que los mares y océanos del mundo que hacen posible la vida en la Tierra, al mismo tiempo son un polvorín que cuando estalle destruiría millones de vidas.

El tema central de la reunión fue discutir el destino de los territorios de muchos países amenazados por su cercanía al mar.

Conscientes de la inexactitud de las “predicciones” climáticas, ninguno de los expertos presentes en el foro se atrevió a mencionar cuándo comenzará y tampoco cómo culminará la hecatombe.

Se constató que los científicos responsables de calcular la subida del nivel del agua de los mares y océanos continúan la recopilación y análisis de toda la información posible: la medición de la línea costanera, las investigaciones obtenidas desde satélites y los pronósticos que consideran las diferentes alteraciones  climáticas.

El procesamiento paulatino de toda esta información permite suponer que para finales del siglo el nivel de agua en los mares y océanos subirá al menos en  500 milímetros. Las  previsiones pesimistas indican que cuando comience  el siglo XXII el agua que cubre los océanos de nuestro planeta aumentará por lo menos en un metro.

Es porque vivimos una era interglaciar, un intervalo climático caracterizado por el calentamiento del clima de la Tierra. Como consideran la mayoría de los científicos, durante esos periodos es normal que suba el nivel de los mares y océanos.

Este fenómeno se produce por dos factores determinantes. Primero, por una de las  características propias del calor, el agua como cualquier cuerpo caliente se dilata, y su nivel aumenta.

El segundo factor radica en que el calor acumulado en el planeta hace deshelar los glaciares y masas de hielo y el agua que aparece como resultado de este proceso cae a los mares y océanos.

¿Y cuáles son las amenazas entraña la subida de las aguas del océano? Ante todo, la inundación de territorios donde el nivel de la tierra es más bajo que el nivel del mar.

Según el Catedrático de Meteorología y Climatología de la  Universidad Mijaíl Lomonosov de Moscú, Alexander Kislov, las zonas de mayor riesgo son la Florida en Estados Unidos, Bangladesh y las islas Maldivas.

Aquí surge la pregunta: ¿es posible ralentizar el proceso de la subida del nivel de agua en los mares y océanos? Difícilmente. El sistema climático del océano es inercial. Como las emisiones de CO2 a gran escala siguen contribuyendo al calentamiento de atmósfera (en el último siglo la temperatura media en la Tierra ha subido 0,76 grados centígrados), el agua sigue extendiéndose, y en consecuencia, el nivel de mares y océanos seguirá aumentando.

Sin embargo, los científicos no pierden calma y continúan acumulando y estudiando los procesos climáticos, confiando en que el progreso tecnológico generará nuevas posibilidades de pronosticar los fenómenos atmosféricos y las catástrofes naturales de una forma más exacta.

La oceanología moderna es una ciencia de alta tecnología que requiere métodos de investigación polifacéticos y exactos. Las típicas expediciones en barco del siglo pasado (realizadas en los barcos oceanológicos “Académico Ioffe”, “Mstislav Kéldish” y “Académico Serguei Vavílov”) con toma de pruebas de agua, del suelo y estudios de la fauna marina están siendo desplazados por boyas autónomas especiales.

Actualmente, en los mares y océanos del planeta se encuentran aproximadamente 4 mil de estas boyas cuya vida útil es de 3 ó 4 años. Esos artilugios en capacidad de sumergirse recopilan información sobre el agua, posteriormente suben a la superficie para recargar sus baterías con la energía solar, trasmiten la información obtenida a satélites, y vuelven a sumergirse para continuar las investigaciones submarinas.

Sin embargo, este método no es universal. En Ártica, por ejemplo, debido a las condiciones climáticas extremas, se utilizan unas boyas especiales, “estáticas”.

Los estudios autónomos del agua marina los completa el sondeo a distancia por satélite. El satélite es capaz de medir la velocidad del viento  por olas y valorar la productividad biológica de tal o cual zona a base de la concentración de clorofila.

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