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El 27 de febrero de 1912 la policía entraba en un domicilio particular situado en la calle Ponent 29 de Barcelona. Habían sido alertados por Claudina Elías, una vecina del piso de enfrente que dio aviso a la autoridad tras ver a una niña pequeña tras una ventana.

El triste rostro de la niña, que llevaba la cabeza rapada, le hizo sospechar de que algo no era normal en aquella situación. En los últimos meses, se había producido la desaparición de varios niños y niñas de corta edad en la Ciudad Condal y el modo de vida un tanto extraño que llevaba su vecina le inquietaba.

La inquilina del piso registrado respondía al nombre de Enriqueta Martí Ripollés y se trataba de una misteriosa mujer que había llevado una doble vida que sorprendió a todo el mundo.

Enriqueta era una vieja conocida de la policía, ya que había sido detenida años atrás por un turbio asunto en el que se vio mezclada regentando un prostíbulo en el que ofrecía a menores. Una extraña mano negra había hecho desaparecer el expediente del caso y no pudo ser juzgada por dicho delito, lo que la llevó a disfrutar de libertad.

Todo parece indicar que, por aquel entonces, entre sus clientes se encontraban varios miembros de la burguesía catalana, lo cual propició esa pérdida del expediente.

Pero el nuevo caso que llevaba a la policía a casa de Enriqueta Martí era que tuviera retenidos a los pequeños desaparecidos y más concretamente el último caso; el de la niña Teresita Guitart, desaparecida tres semanas antes y de la que se había hecho un gran despliegue periodístico.

Y efectivamente, allí estaba la pequeña junto a la supuesta hija de Enriqueta. A través del largo y oscuro pasillo había varias habitaciones, las cuales estaban decoradas suntuosamente con caros muebles, al más puro estilo de cualquier casa de citas de la época. Pero lo más escalofriante fue hallar los huesos semicalcinados de más de 10 pequeños, de los que se había extraído el tuétano.

Enriqueta Martí se disfrazaba por las mañanas de mendiga y recorría las calles y mercados de la ciudad. Cuando veía a un niño alejado de sus padres lo cogía y se lo llevaba hacia su piso. Allí los ponía al servicio de clientes de gran poder adquisitivo que abusaban de ellos, para asesinarlos a continuación y extraerles algunos órganos, la sangre, el tuétano y elaborar pócimas que después vendía a personas enfermas.

Por las noches, Enriqueta se vestía lujosamente y acudía a fiestas celebradas en las mejores casas y salas de la ciudad, codeándose con la flor y nata de la burguesía y la clase política de por entonces.

Esta vez había demasiadas pruebas para que se les volviese a escapar ‘la vampiresa de la calle Ponent’ como llegó a ser conocida. La investigación llevó a la policía a otras viviendas también a nombre de la perversa mujer.

El caso de la vampiresa de Barcelona llenó centenares de páginas de la prensa y, la población de la ciudad, esperaba indignada el juicio que debía llevar a la asesina al garrote vil. Pero Enriqueta Martí murió el 12 de mayo de 1913 a consecuencia de la brutal paliza que le dieron sus compañeras de prisión, acabando ahí y quedando para el olvido una de las historias más perversas y escalofriantes de las primeras décadas del siglo XX.

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La Policía detuvo el jueves en Barcelona al director y productor de cine «porno» Pablo Lapiedra al que las autoridades colombianas investigaban desde finales de 2008. En esas fechas el rector de un instituto de Medellín (Colombia) interpuso una denuncia después de que varios alumnos le contaran que una de sus compañeras Mary A.R.M., de 16 años, aparecía en un vídeo pornográfico con dos adultos que la sometían a todo tipo de vejaciones e insultos. Se trataba de un material sórdido, colgado en una página de internet llamada «pablolapiedra», en el que aparecían otras jóvenes no identificadas, aparentemente adolescentes. Las películas se vendían a entre diez y 75 euros la descarga, según avanzó ayer la Cope.

Al rastrear el dominio de esa web se llegó hasta una ciudadana llamada Zuleydy Piedrahita, natural de Cali (Colombia), casada con el español Lapiedra y residente en Madrid. Se hacía llamar «Little Lupe» o «Lupe Fuentes», apodos con los que ha triunfado como «pornostar». La Brigada de Investigación Tecnológica (BIT) de la Policía española se sumó a la investigación y averiguó que en algunas de las películas aparecía la propia Zuleydy como auxiliar en el rodaje o como espectadora. El cámara era Lapiedra.

Zuleydy, que aprovechaba su apariencia de «lolita» aunque era mayor de edad, actuaba también en otra parte del material en el que la menor colombiana aparecía con hombres y mujeres. Esas escenas ya no estaban alojadas en la web citada sino en otra, por lo que se dedujo que los abusos sobre la menor habían seguido y se le tomó declaración.

Mary contó que fue reclutada para un casting por el matrimonio y que la llevaron a un hotel a las afueras de Medellín para grabar. Para salvar la «contrariedad» de que fuera menor, la pareja le proporcionó una identidad nueva y una nueva edad: 18 años. De hecho, ella aparece en el vídeo dando ese falso nombre y explicando que tiene 18. La chica relató que grababan esas películas durante horas, de ocho de la mañana a siete de la tarde, que le prometieron no distribuirlas en Colombia, que el vídeo del supuesto «casting» fue el último que se filmó y le pagaron 700 euros. La menor procede de una familia desestrurada y sin casi recursos.

El mes pasado la Policía colombiana detuvo a tres individuos por pornografía, miembros de esta supuesta red, mientras que Lapiedra, con varios domicilios en Madrid, Barcelona y Alicante, no había sido localizado en ninguno de ellos (se dictó una orden de detención internacional contra él). El jueves fue arrestado en la vivienda de su nueva novia en la Ciudad Condal y entregado a la Audiencia Nacional, que debe acordar su extradición a Colombia. Su ex mujer vive en Los Ángeles y está en libertad. La Policía colombiana los acusa de dirigir una red de pornografía infantil.

 

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El diario AS se ha visto obligado a pedir disculpas a sus lectores por publicar, en su edición impresa, una fotografía trucada con la que pretendían evidenciar un clamoroso fuera de juego de Dani Alves, jugador del Barcelona, en la jugada que dio origen al primer gol del equipo azulgrana.

Tal y como explica el propio diario deportivo del grupo Prisa en su edición digital–Pedimos disculpas por un error en la infografía del 1-0–no figura en la imagen el defensa del Athletic de Bilbao que podría estar en línea con el lateral derecho del Barcelona”. Si se observan ambas fotografías, los responsables gráficos del periódico hicieron desaparecer a un defensa del conjunto vasco, por lo que entonces la posición ilegal de Alves era más que evidente.

ALFREDO RELAÑO, DIRECTOR DE AS: “ESTOY AVERGONZADO Y PIDO DISCULPAS”

El director de AS ha dado la cara. Tras conocer el garrafal error de su periódico en la edición impresa, ha declarado lo siguiente en un chat con los lectores:

“Estoy avergonzado y pido disculpas por ese error a todos los compradores de AS y, más allá de ellos, al barcelonismo en general. Ya he entrado en dos radios de Barcelona para hablar del asunto. Estoy esperando a los del departamente de infografía para que me lo expliquen.”

“En principio doy por buena la primera versión que me dan, según la cual se trataría de algo involuntario, fruto de un efecto al superponer unas instantáneas sobre otras. Espero que me lo demuestren.”

“En nuestro descargo puedo aducir que en la edición web del periódico la jugada está bien reflejada desde el principio y que esta misma mañana, en cuanto se detectó el error en el papel, se incluyó en la misma la rectificación a la edición de papel. Y también incluiremos mañana, en nuestra edición de papel, la rectificación con nuestras excusas, dado que no todos los compradores-lectores de papel acuden a la web.”

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Este es el último invierno en el que los clientes de La Casita Blanca se perderán entre sus cálidas sábanas. Desaparece la que para muchos amigos ha sido casi una segunda residencia. Porque, a pesar de su concurrencia, pocos se atreverían a manifestarse para que se mantuviera en pie este abrevadero, emblema de la discreción, del que hablaba Serrat en una canción homenaje.

Sea como fuere, a La Casita Blanca del barrio de Gràcia no le queda ni una sola primavera. En marzo de 2011 se prevé que sus puertas se cierren para siempre tras un siglo de vida y se vengan abajo las miles de historias que entrañan en silencio sus 43 habitaciones. Adiós, pues, a los secretos, a las excusas, a las tapaderas, al amor furtivo y al sexo a y con discreción.

Porque si de algo pueden estar convencidos los barceloneses es de que no existe otro lugar igual donde dar rienda suelta a sus deseos con la seguridad de no ser descubiertos y, además, hacerlo en un ambiente tan encantadoramente ‘kitsch’.

Demodé, pero siempre íntimo, en subidos tonos rojos combinados con madera. Un aire rococó que completan traviesos espejos a lado y lado, arriba y abajo, corazones incluso en la entrada de alguna habitación, lámparas modernistas bañadas en oro y un sinfín de ceniceros que confirman uno de los tópicos más extendidos en materia de sexo: el cigarrillo de después.

Sin embargo, quien camina por la zona -junto a Plaza Lesseps- y no conoce el edificio, no se fijaría en él por su barroquismo, precisamente. La fachada de La Casita Blanca responde a los dictados del silencio y se mueve en una sobriedad de principios de siglo -XX, claro- que también ha quedado obsoleta en un barrio siempre en reformas.

Entrar al ‘meublé’ es toda una aventura que antes satisfacía los anhelos de confidencialidad de los infieles o los conocidos visitantes. Sin embargo, ahora también llena de morbo a los más jóvenes, sorprendidos primero por las cortinas naranjas que resguardan los coches en el aparcamiento y después por las misteriosas indicaciones que se les dan a la entrada.

En La Casita Blanca es imposible encontrarse con otros huéspedes por los pasillos ya que antes de desalojar la habitación se debe avisar a recepción. De hecho, cuando alguien recorre sus pasillos, que parecen sacados de Hogwarts, una luz roja indica que nadie más debería pasar por allí.

La Casita Blanca, que ha sido y es el oasis de los sedientos, pero sobre todo el paraíso de sutiles luces carmesí de los que no quieren ser juzgados, se convertirá en breve en una historia más que contar sobre Barcelona. Sobre la ciudad en su versión erótica que parecía resurgir con la reapertura del Molino y que se queda coja sin la presencia de su clásico ‘meublé’.

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